
Reconozco que mi mirada es naif. Y no siempre esta visión está cercana al candor. En mi caso supongo, rayana a la estupidez. Y esta sensación, considero, puede generar más irritación que la más lúcida de las apreciaciones objetivas.
Quien esté libre de cargos que arroje la primera piedra, es lo que ya ha sido escrito. Por supuesto que lejos estoy de aquello, y tampoco seré el primero en lanzarla. Pero no puedo dejar de decir lo que me produjo Ariel Arnaldo Ortega, luego de haberlo observado –através de la tele, eso sí-, en el partido frente a Boca Juniors, el pasado domingo.
Si el fútbol se ha vinculado históricamente con la literatura, supongo que desgraciadamente a Ortega le han recomendado la lectura de Maquiavelo, para machacar fervorosamente que el fin justifica los medios. Pero le acercaría humildemente “Fútbol sin trampas”, para seguir en la línea de Angel Cappa.
Pobre Ortega, tantos otros han tenido un comportamiento similar o aún peor que el de él, pero así son las cosas, en la carambola del hartazgo hoy dije basta. La trompada de atrás a Cáceres, y la posterior simulación de una agresión en la cara fueron demasiado. Un manto suave y protector ha cubierto a través de los años el accionar del jujeño. Su enorme inventiva, su gambeta endiablada y su juego de potrero han contribuído, de alguna manera, a que el cobijo sea prácticamente impermeable a todos los hechos lamentables que producía fuera del campo de juego.
Pero hoy las miserias se están viendo dentro del rectángulo, porque la persona no se puede escindir, y la personalidad de uno aflora indefectiblemente, sobre todo cuando su magia, que hoy sólo está para entretener reuniones familiares, no le exime como antes, y todo queda más expuesto.
Cantidad de voces se alzarán, le fustigarán y la hinchada seguirá aplaudiendo enfervorizada. Escucharemos mensajes cruzados, voces encontradas, y todo seguirá como antaño. Pero desde mi lugar, por cierto muy chiquito, el tribunal que integra mi conciencia ha decidido actuar de oficio: Hoy Ariel, te borré de mis afectos.
Y para digerir la pérdida, esta vez al whisky me lo tomo yo.
Quien esté libre de cargos que arroje la primera piedra, es lo que ya ha sido escrito. Por supuesto que lejos estoy de aquello, y tampoco seré el primero en lanzarla. Pero no puedo dejar de decir lo que me produjo Ariel Arnaldo Ortega, luego de haberlo observado –através de la tele, eso sí-, en el partido frente a Boca Juniors, el pasado domingo.
Si el fútbol se ha vinculado históricamente con la literatura, supongo que desgraciadamente a Ortega le han recomendado la lectura de Maquiavelo, para machacar fervorosamente que el fin justifica los medios. Pero le acercaría humildemente “Fútbol sin trampas”, para seguir en la línea de Angel Cappa.
Pobre Ortega, tantos otros han tenido un comportamiento similar o aún peor que el de él, pero así son las cosas, en la carambola del hartazgo hoy dije basta. La trompada de atrás a Cáceres, y la posterior simulación de una agresión en la cara fueron demasiado. Un manto suave y protector ha cubierto a través de los años el accionar del jujeño. Su enorme inventiva, su gambeta endiablada y su juego de potrero han contribuído, de alguna manera, a que el cobijo sea prácticamente impermeable a todos los hechos lamentables que producía fuera del campo de juego.
Pero hoy las miserias se están viendo dentro del rectángulo, porque la persona no se puede escindir, y la personalidad de uno aflora indefectiblemente, sobre todo cuando su magia, que hoy sólo está para entretener reuniones familiares, no le exime como antes, y todo queda más expuesto.
Cantidad de voces se alzarán, le fustigarán y la hinchada seguirá aplaudiendo enfervorizada. Escucharemos mensajes cruzados, voces encontradas, y todo seguirá como antaño. Pero desde mi lugar, por cierto muy chiquito, el tribunal que integra mi conciencia ha decidido actuar de oficio: Hoy Ariel, te borré de mis afectos.
Y para digerir la pérdida, esta vez al whisky me lo tomo yo.


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