Pobre Gaucho Comedido

Recuerdo lo que pasó a rabiar, y me viene la angustia caracho, que hay cuestiones pa cambiar, pero lo que fue ya cayó en el tacho. Sin motivo pa recular, cuando el capataz llamó pa juera, la pionada juntita a escuchar, seguro que ibamo a la yerra.
Pero la cosa venía de otro lao, y se me yena de pesar el pecho, es grande la puntada al costao, cuando uno se ha quedao sin techo. Ahijuna con esta cabeza, que me juega una mala pasada, necesito toda mi entereza, pa no andar con la rueda mañada.
Que ese día yegaba un gringo, de Güenos Aires según dicía, que el hombre quería un buen pingo, y pa eso traía la alcancía. Y ahí me ofrecí servicial, rapidito con un paso al frente, sabedor de mi potencial, gaucho atrevido y gran jinete.
Ayí empezó mi perdición, que me arrepiento por alcahuete, arranqué el yugo madrugón, maldita la hora juna gran siete. Manotié tijera y cepillo, y jui derechito al corral, había que tusar al tordillo, dejarlo briyoso al bagual.
Desde lejos se venían, nubes de polvo a mares, que en el coche del fulano traían, más ansiedá que Magallanes. Me jui direto pal rancho, a emprolijar el batifondo, peiné el nido e carancho, y limpié las lagañas bien hondo.
Un negro grandote y porrudo, bajó del coche en sombrero, y aunque tenía pinta e forzudo, a mi no me temblaba el garguero. Como un palomo empachao, sacaba el buche pa juera, le dí la diestra obligao, vaya a ser que se ofendiera.
Petrificao me quedé, con los colores del auto, ¡Está tuniao el bebé!, me lo gritaba bien alto. Yena e parlantes estaba, la cupé de ese gorila, la música a todo lo que daba, uy si la escuchara la Lila.
Del otro lao abrió la tranca, una rubia ajustada y teñida, los calzones metidos en el anca, de seguro la cabeza podrida. La pobre tenía una pata más larga, pero una gran diferencia había, se le había hinchao la corta, la izquierda bajaba y subía.
Yunta rara la de estos tilingos, las cosas que hay para ver, ella no lo quería por lindo, el no la usaba pa correr. Y ahí nomás a la ensenada, a manotiar el corcel, bicho bravo y de boca dura, capaz de arrancarle un bretel.
Pero el morocho era mal bicho, muy acostumbrao a ofender, guanaco soberbio y arisco, y yo a la mierda la empezaba a oler. Quiso el hombre apurao, probar de primera mano el pingo, ¡Correte paisano a un lao!, gritó el mamarracho cretino.
Ay mi dios con este tipo, que hay que poner las bolas en remojo, venía la furia tocando pito, y ya lo miraba e reojo. Tratando de buscar la manera, de evitar la bellaqueada, le dije con buena cintura, ¿Cojinillo pa la galopeada?
Me tiró con tuito el cabresto, ¡Bruto sos y así morirás!, me dijo sueltito de cuerpo, el aprendiz de cachafaz. Que el caballo no es pa cualquiera, lo supe prontito nomá, y así cacé la encimera, que no es pa trabajá.
Le pedí un minuto entonces, pa ir hasta la letrina, sacar la furia con force, pero encontré la hesperidina. De un trago todita la empiné, y cayó como estampida, furioso pal campo disparé, como chancha recién parida.
Satanás metió la cuchara, le hice oído sordo a María, encendido como una chicharra, lo encaré con mucha inquina. El hombre ya estaba e jinete, como pa una carrera e sortija, apuntando el revenque al bonete, casi le arranqué la verija.
Como si fuera cosa e mandinga, salió como un rayo el tordillo, jurando agarrarme a la vuelta, gritaba como chancho el morciyo. Yo seguí revoleando los brazos, pa todo los laos le digo, reventando el palenque a masasos, ¡Que me había inflamao los higos!
A la siniestra tenía un quelombo, la renga se acercaba a los gritos, por la polvareda zapatiaba un malambo, por la locura silvaba finito. Los ojos saltaos de la órbita, como tero cagao a alambrazos, los dientes salidos pa juera, como liendre a punto el zarpaso.
¡Secópata untao e mierda!, me tiró entre mil cosas la gringa, y fue como un puñal en la cédula, no te metás con mi madre jeringa. Tenía que aplacarle los modos, aunque fuera a los codazos, hacerle saltarle los mocos, reventarla de un chuzaso.
Baquiano de mil tareas, no podía errarle el bochazo, la jui rodeando de veras, pa aplicarle el cimbronazo. Me engolvoví el poncho en la mano, pa amortiguar la arremetida, le sacudí una bolea de plano, pero se me corrió la jodida.
Le había apuntao hermano, entre la nariz y la frente, pero esta vez a contramano, se hubo parao diferente. Tenía ladeao el cuerpo, arriba de la pata buena, y ahí ha quedao el muerto, que le arranqué hasta la muela.
Y ansina terminó nomás, mi posgrao en la estancia grande, mis ilusiones de mandamás, mi romance de la oveja madre. Pero con mucha dignida, ni siquiera esperé tarjeta, disparé pa la posterida, tenía que salvar la chancleta.
Y aquí me ando en el monte, al trote boliando ñanduce, tratando de olvidar esos brotes, que triste suspiro producen. Ofrezco escabeche de bichos, y pa las fiestas cocino también, y aprenda si no hay ya gualicho, que no hay comedido que salga bien.
Pero la cosa venía de otro lao, y se me yena de pesar el pecho, es grande la puntada al costao, cuando uno se ha quedao sin techo. Ahijuna con esta cabeza, que me juega una mala pasada, necesito toda mi entereza, pa no andar con la rueda mañada.
Que ese día yegaba un gringo, de Güenos Aires según dicía, que el hombre quería un buen pingo, y pa eso traía la alcancía. Y ahí me ofrecí servicial, rapidito con un paso al frente, sabedor de mi potencial, gaucho atrevido y gran jinete.
Ayí empezó mi perdición, que me arrepiento por alcahuete, arranqué el yugo madrugón, maldita la hora juna gran siete. Manotié tijera y cepillo, y jui derechito al corral, había que tusar al tordillo, dejarlo briyoso al bagual.
Desde lejos se venían, nubes de polvo a mares, que en el coche del fulano traían, más ansiedá que Magallanes. Me jui direto pal rancho, a emprolijar el batifondo, peiné el nido e carancho, y limpié las lagañas bien hondo.
Un negro grandote y porrudo, bajó del coche en sombrero, y aunque tenía pinta e forzudo, a mi no me temblaba el garguero. Como un palomo empachao, sacaba el buche pa juera, le dí la diestra obligao, vaya a ser que se ofendiera.
Petrificao me quedé, con los colores del auto, ¡Está tuniao el bebé!, me lo gritaba bien alto. Yena e parlantes estaba, la cupé de ese gorila, la música a todo lo que daba, uy si la escuchara la Lila.
Del otro lao abrió la tranca, una rubia ajustada y teñida, los calzones metidos en el anca, de seguro la cabeza podrida. La pobre tenía una pata más larga, pero una gran diferencia había, se le había hinchao la corta, la izquierda bajaba y subía.
Yunta rara la de estos tilingos, las cosas que hay para ver, ella no lo quería por lindo, el no la usaba pa correr. Y ahí nomás a la ensenada, a manotiar el corcel, bicho bravo y de boca dura, capaz de arrancarle un bretel.
Pero el morocho era mal bicho, muy acostumbrao a ofender, guanaco soberbio y arisco, y yo a la mierda la empezaba a oler. Quiso el hombre apurao, probar de primera mano el pingo, ¡Correte paisano a un lao!, gritó el mamarracho cretino.
Ay mi dios con este tipo, que hay que poner las bolas en remojo, venía la furia tocando pito, y ya lo miraba e reojo. Tratando de buscar la manera, de evitar la bellaqueada, le dije con buena cintura, ¿Cojinillo pa la galopeada?
Me tiró con tuito el cabresto, ¡Bruto sos y así morirás!, me dijo sueltito de cuerpo, el aprendiz de cachafaz. Que el caballo no es pa cualquiera, lo supe prontito nomá, y así cacé la encimera, que no es pa trabajá.
Le pedí un minuto entonces, pa ir hasta la letrina, sacar la furia con force, pero encontré la hesperidina. De un trago todita la empiné, y cayó como estampida, furioso pal campo disparé, como chancha recién parida.
Satanás metió la cuchara, le hice oído sordo a María, encendido como una chicharra, lo encaré con mucha inquina. El hombre ya estaba e jinete, como pa una carrera e sortija, apuntando el revenque al bonete, casi le arranqué la verija.
Como si fuera cosa e mandinga, salió como un rayo el tordillo, jurando agarrarme a la vuelta, gritaba como chancho el morciyo. Yo seguí revoleando los brazos, pa todo los laos le digo, reventando el palenque a masasos, ¡Que me había inflamao los higos!
A la siniestra tenía un quelombo, la renga se acercaba a los gritos, por la polvareda zapatiaba un malambo, por la locura silvaba finito. Los ojos saltaos de la órbita, como tero cagao a alambrazos, los dientes salidos pa juera, como liendre a punto el zarpaso.
¡Secópata untao e mierda!, me tiró entre mil cosas la gringa, y fue como un puñal en la cédula, no te metás con mi madre jeringa. Tenía que aplacarle los modos, aunque fuera a los codazos, hacerle saltarle los mocos, reventarla de un chuzaso.
Baquiano de mil tareas, no podía errarle el bochazo, la jui rodeando de veras, pa aplicarle el cimbronazo. Me engolvoví el poncho en la mano, pa amortiguar la arremetida, le sacudí una bolea de plano, pero se me corrió la jodida.
Le había apuntao hermano, entre la nariz y la frente, pero esta vez a contramano, se hubo parao diferente. Tenía ladeao el cuerpo, arriba de la pata buena, y ahí ha quedao el muerto, que le arranqué hasta la muela.
Y ansina terminó nomás, mi posgrao en la estancia grande, mis ilusiones de mandamás, mi romance de la oveja madre. Pero con mucha dignida, ni siquiera esperé tarjeta, disparé pa la posterida, tenía que salvar la chancleta.
Y aquí me ando en el monte, al trote boliando ñanduce, tratando de olvidar esos brotes, que triste suspiro producen. Ofrezco escabeche de bichos, y pa las fiestas cocino también, y aprenda si no hay ya gualicho, que no hay comedido que salga bien.



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